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Avancen hermanos… La procesión del Señor de los Milagros es una de las más grandes manifestaciones religiosas de América Latina. Y definitivamente la más significativa en el Perú. El Señor de los Milagros expresa esa dimensión del dolor y sufrimiento que comporta la cruz. Símbolo del amor llevado al extremo. El Amor que se desborda y cumple la Voluntad del Padre. Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra”. Jn.4, 34 El hecho que el arte popular haya retratado la pasión de Cristo y a lo largo de los siglos, y la haya conservado nos permite acercarnos no solo a la devoción sino a la fe de nuestro pueblo. Fe entendida como experiencia y al mismo tiempo como punto de unión y de comunión entre todos los peruanos. La salvación no es un hecho aislado e individual, sino más bien, es una experiencia comunitaria. El Señor habla a su pueblo y sale a su encuentro. Este encuentro del Señor con su pueblo nos abre a una dimensión nueva porque nos invita a la conversión del corazón. Conversión que a veces sólo se queda en un cambio de compartimiento y por eso es sólo de corte moral. Sin embargo también tenemos que agregar que para muchos otros es invitación a la adhesión a Cristo y por lo tanto, relación de intimidad que se asume con radicalidad. El Evangelio del sencillo se hace pasión de Cristo porque descubre que el Señor en su dolor se solidariza con el dolor de los más pobres. En el crucificado el pobre encuentra respuesta a su dignidad. “Él ha dado la vida por mi”. Esta conciencia de su dignidad en el Señor Jesucristo es el fundamento de su experiencia de fe y por eso no teme salir a las calles para manifestar públicamente lo que siente y lo que quiere. “Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.” Jn.6, 68 Hay toda una historia hecha leyenda en torno al Cristo de Pachamamilla. Son parábolas que el pueblo mismo ha elaborado para explicar su experiencia fundante de un Dios cercano a sus necesidades. Un Dios que se revela, que no es indiferente a sus demandas, que acompaña, que escucha, y que frente a la multitud que lo busca siempre sentirá compasión. Por aquellos días, habiendo de nuevo mucha gente y no habiendo qué comer, llama Jesús a sus discípulos y les dice: “Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer”. Mc.8, 1-3 La compasión de Jesús frente a la necesidad se transforma en solidaridad. Y esto para nosotros los cristianos se nos presenta como un desafío a vivir. La caridad es la mejor expresión de los que sentimos frente a la carencia de los pobres. La Procesión del Señor de los Milagros nos invita a multiplicar el pan, a repartirlo y compartirlo. Nuestra oración y nuestra limosna tienen que mirar la necesidad de los que nos rodean porque son nuestros hermanos y por eso el ayuno que hacemos en octubre, nos dice Isaías, exigirá: … deshacer los nudos de la maldad, soltar las coyundas del yugo, dejar libres a los malvados, y arrancar todo yugo. ¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa? ¿Qué cuando veas a un desnudo lo cubras, y de tu semejante no te apartes? Entonces brotará tu luz como la aurora, y tu herida se curará rápidamente. Te precederá tu justicia, la gloria de Yahvé te seguirá” Is. 58,6-8 Cristo se hizo pobre y plantó su tienda entre nosotros y así compartió nuestra suerte en todo, menos en el pecado. Este identificarse con los más necesitados hace que él mismo se haga servidor de los pobres, de tal modo se identificó con ellos, que en Mateo 25 nos dice que consideraría como hecho a él todo el bien o el mal que se hiciera a los pequeños. Éste creo; es el mensaje liberador que nos ofrece el Cristo de Pachacamilla. ¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: “Tengo fe”, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, calentaos y hartaos pero lo le dais lo necesario para el cuerpo,¿ de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta. St.2, 14-17 Mes de octubre, mes morado, mes penitencial… Que nuestra oración nos lleve a encontrar en el rostro de Cristo en nuestros hermanos y hermanas que pasan necesidad. Que la conversión a la que somos convocados dilate nuestros corazones para saber abrir nuestras manos y así juntos, seguir construyendo la comunidad de la Iglesia sintiéndonos una sola familia.
P. Javier Nugent SM.
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