Conmueve ver tanto sufrimiento acumulado. La mirada cristalina de sus ojos nos recoge. Siempre habrá una lágrima de arrepentimiento rodando por las mejillas. Es el mejor signo de su adhesión a Dios. Vamos deshojando Ave Marías. Al principio les cuesta recordar, poco a poco viene a su memoria las palabras del ángel y uno es testigo de una nueva Anunciación. Me voy dando cuenta del privilegio que significa este momento. Termina la oración y uno sale con el corazón agradecido. El Verbo se ha hecho carne y habita entre nosotros. Don Porfirio me cuenta que el Padre Raúl los casó. Que él siempre quiso casarse pero que su suegro se negó porque era poca cosa... vivieron juntos, así nomás; con la amargura de la oposición paterna. Pasaron los años, hasta que finalmente el papá murió: ese día se rompió el encanto de la obediencia filial, ya de viejos, el P. Raúl formalizó lo que siempre estuvo unido. Hasta que la muerte los separe. Hemos continuado nuestro recorrido, cada momento vivido; una novedad, una necesidad urgente, una esperanza... también la frustración de que uno no puede resolver todos los problemas que se presentan. Me quedo con la sensación de las urgencias: “Pedro y Juan subían al Templo para la oración de la hora de nona. Estaba un hombre tullido desde su nacimiento, al que llevaban y ponían todos los días junto a la puerta del Templo llamada Hermosa para que pidiera limosna a los que entraban en el templo. Éste, al ver a Pedro y a Juan que iban a entrar en el Templo, les pidió una limosna. Pedro, fijando en él la mirada juntament e con Juan, le dijo: “Míranos”. Él les miraba con fijeza esperando recibir algo de ellos. Pedro le dijo: “ No tengo plata ni oro; pero lo que tengo te lo doy: En nombre de Jesucristo, el Nazareo, echa andar” Y tomándolo de la mano derecha le levantó. Al instante sus pies y tobillos cobraron fuerza y de un salto se uso en pie y andaba. En tró con ellos en el Templo andando, saltando y alabando a Dios.”( Hechos 3,1-8 ) Fue una semana larga. Ahora Empezamos un segundo recorrido. Han pasado los misioneros dos semanas en sus respectivos pueblos. Es hora de recoger los frutos. A cada uno le toca una parte. Bautizos, Primeras Comuniones, Confirmaciones, Matrimonios. Este año ha sido significativa la presencia de los jóvenes... algo nos está diciendo el Espíritu. No seamos sordos a sus sugerencias. Las clausuras en cada pueblo son motivo de fiesta. Los padrinos, la ceremonia, la comida. Todo está a punto; hay un motivo para celebrar. Lo demás puede esperar. Falta si la lluvia que todavía no llega. Aquí el agua es vida, sin ella todo amenaza con desaparecer... en medio de la celebración se levantan algunas voces para rogar al Señor de la Vida que no nos olvide, que nuestros campos tienen sed, que esperan la llegada de la lluvia para asegurar más tarde una buena cosecha y la posibilidad de celebrar más fiesta. Todos están con la mejor ropa. Mejor no pueden estar. Se han esmerado en traer a la Iglesia los frutos de la tierra para el ofertorio: paltas, piñas, yucas... Los cantos se confunden con el llanto de los niños que a su manera también se quieren hacer presentes. El yo te bautizo… los tranquiliza, en la cara de los padres; la satisfacción de haber cumplido... “El Señor ha estado grande con ellos y estamos alegres...” No falta después de la ceremonia, la invitación oficial a la fiesta. El rito empieza cuando el padre de familia se acerca y en el secreto de la intimidad te dice en voz baja: Ya sabe padrecito, lo esperamos... no nos vaya a fallar.
La comida: pato y carnero. No es la comida de todos los días. Ese pato y ese carnero han vivido con ellos y han sido alimentados para una ocasión tan importante. Por eso vale la pena sacrificarlos. Es lo mejor que tienen y porque es lo mejor que tienen te lo ofrecen con cariño. La fiesta es el acontecimiento más importante para el campesino. Se trabaja para fiesta, se sacrifica para fiesta, se ahorra para la fiesta. Por eso a toda fiesta le precede la carencia, como una forma de guardar para el mañana próximo. La fiesta los moviliza, los dinamiza, les da un motivo para vivir. El Reino como banquete, como comida que reúne, que abraza, que facilita el encuentro. En Chacuall una señora en medio de otras señoras encarga al catequista invitar: No dejen de pasar por la casa para que se sirvan “alguito”. En la tarde hemos visto sacrificar unos patos grandes y gordos... no se cómo hacen, pero alcanza para todos. En el corazón de los pobres uno descubre que la generosidad existe. Una vez comidos, empieza la música. Sin luz, la esperanza de una batería de carro nos reúne en torno al “equipo”. Hay algunas señales de contacto, hasta que en medio de los cerros se logra captar la señal... la esperanza se transforma en realidad: hoy habrá baile. En los otros pueblos se repetirá el rito. El cariño, la acogida, el agradecimiento serán los mismos. Al partir, la encomienda: padrecito para el camino: maíz, fruta, paltas... uno no termina de agradecer a Dios todo lo que hemos ido viviendo. La Buena Nueva se ha anunciado y la generosidad y la acogida nos han mostrado el rostro de Jesús vivo en medio de ellos.
P. Javier Nugent.,SM
|
|||||
Centro de Formación "María, Madre del Buen Consejo" Una Obra de la Compañía de María - Marianistas Jr. Libertad #130 Otuzco - Perú. Tel. +51 44 436111 buenconsejo@madredelbuenconsejo.org |
|||||