Durante esta semana he estado visitando diferentes pueblos de la sierra. He observado, me he sentido cuestionado y también me he dejado sorprender.  

Los caminos son imagen de la vida de todos los días para los que viven allí. Hay subidas y bajadas; llanuras, y también quebradas. Tierra cuarteada por la sequía, y el gritó sordo de la lluvia que no llega.  

Hay que hacer equilibrios para no desesperar y vivir en la esperanza; y creer en un mañana que no llega y que en el fondo nos cuartea el corazón.  

Nunca antes había sentido la necesidad de encontrar motivos para estar vivo. Y ellos me han enseñado que en la vida se siembra, se cultiva; que los animales se cuidan y se les quiere. Que el pastor, aunque niño, conoce por instinto el nombre de sus ovejas. Que después de horas y horas de montar en burro, los animales también se cansan y necesitan comer...  

Así como la vida comienza muy temprano, también acaba temprano. No hay luz, porque la electricidad es un invento que todavía no conocen. Sólo la luna y cielo estrellado les anuncia la noche y el tiempo del descanso y del reposo.  

Ha sonado la campana. Su sonido rompe la cotidianidad, congrega, el lugar de reunión está fijado. Se abren después de tiempo las puertas de la Iglesia.

Alguna lámpara de aceite con su luz intermitente bajando de los cerros anuncia a los demás que el padrecito ha llegado y que después de mucho tiempo habrá Misa. No falta el agua, para que se las bendiga. Las semillas que mañana sembraran también tienen un lugar en la liturgia. Empezamos a las ocho, tarde para el que tiene que levantarse a las cuatro... sin embargo van llegando de a pocos. Entre ellos se miran y reconocen, la Eucaristía empieza cuando nos miramos y hablamos de nuestra propia vida.  

Padrecito, un ratito más; faltan llegar los del otro cerro, traen a la abuelita que no puede caminar... Han aprendido que los acontecimientos, el encuentro, es más importante que el horario. Ya son las 8.30. Con mi mentalidad occidental y cristiana pienso que es una hora razonable para empezar. Pero ...¿qué es lo razonable? Lo razonable es esperar, por que todos vienen... a su ritmo y de acuerdo a la distancia. Me hacen saber muy delicadamente que puedo descansar hasta que todos hayan llegado, que ellos me pasaran la voz... y en el fondo siento que todo lo vivido es Eucaristía. Y me quedo contemplando ya sin apuro que la comunidad se va haciendo cuando todos por fin se reúnen.  

Hemos empezado la oración; todos agradecidos por la visita, quizás el padrecito nos traiga la lluvia. Rezamos juntos y a pesar del silencio del cielo, la gente sigue creyendo... mañana lloverá.  

La Celebración y la necesidad se abrazan. Una requiere de la otra. La vida y la oración caminan juntas, sobre todo cuando la Eucaristía se hace centro de nuestras vidas. Hemos dejado atrás nuestras ocupaciones, hemos hecho un alto en el camino. Nuestra Misa se ha convertido en vínculo de unidad. Partimos el pan, que es diferente porque es pan bendito. Lo repartimos para que a todos alcance y comprendemos que quien come de ese Pan vivirá para siempre.  

El Pan que nos da fuerza y mantiene viva la esperanza nos devuelve el entusiasmo que produce el encuentro. Nos reconocemos hermanos en el servicio y en la comunión de nuestros bienes. Jesús vivo se ha quedado en nuestro corazón.  

La noche se hace larga, la oscuridad no permite distinguir a quien tienes a tu lado. Mañana otro pueblo.  

En el examen de conciencia que hago al acostarme, aparece con claridad el Señor en el rostro del más pobre. En el recuerdo, la Eucaristía celebrada con cariño. La comunidad reunida puso la nota de solemnidad.

 

P. Javier Nugent.,SM

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