Ha quedado un grupo de catequistas misioneros que se han comprometido delante de la comunidad en continuar. La Misión y las visitas empiezan a dar sus frutos.

El entusiasmo, la esperanza, el deseo del encuentro nos hace a todos descubrir el valor que supone la amistad tejida en esos días. En la comunidad es Jesús quien nos ha unido. Hemos ido aprendiendo a mirarnos de una manera distinta porque el Señor nos fue enseñando que el amor fraterno sí es posible.

Nos queda un largo camino por recorrer, estamos seguros que no estamos solos. Los ciegos ven, los cojos andan, los muertos resucitan…

Hemos partido a las 7.00 de la mañana para Plazapampa, hay que celebrar una Misa de difuntos para Don Jorge Ibáñez Rodríguez, un abuelo que siempre nos brindó su casa cuando llegaban los misioneros. En los últimos años lo hemos visto sentado en una silla de paja esperando la muerte que para él demoraba en llegar. Poco a poco iba perdiendo el sentido de la realidad. Con la mirada fija en la tierra, apoyado en su bastón, su actitud era de espera...

Finalmente murió en la paz del Señor. Su muerte congregó a la familia dispersa. Los hijos vuelven a abrazarse y encontrarse después de muchos años. Salieron de allí con la ilusión de un futuro mejor y hoy vuelven ya con familias constituidas, los hijos grandes y con el deseo de cambio hecho jirones. La vida es dura en todas partes y no hay ilusión que la seduzca. Han pasado los años y con los años la vida. Hoy les toca despedirse del padre y mañana seguro volverán por la mamá.

A pesar del pesimismo que toda muerte trae consigo, me impresiona el sentido que tienen de la esperanza y de la eternidad. La muerte no es término sino transformación. ... “Y al deshacerse nuestra morada terrenal adquirimos una mansión eterna en el cielo”. Este sentido de la vida después de la vida los reúne en un más allá que empiezan a celebrarlo en un aquí y en un ahora.

Han venido de lejos para invitarme a celebrar la Eucaristía. Se han esforzado en llegar, en insistir, no faltan las lágrimas en los ojos; mezcla de pena, porque abren el corazón para contarte la noticia, y expectativa. Si no lo ubicamos para el entierro, si estará con nosotros ahora. El llanto se transforma en agradecimiento: sí mañana temprano, padrecito... la promesa de encontrarnos reaviva la esperanza.

Empezamos a celebrar la Eucaristía. Todos los familiares hombres y mujeres vestidos de luto riguroso. Los rostros serios, ayudándole a dar una mayor solemnidad a la celebración. Cantamos, compartimos la oración de los fieles. Es el espacio para expresar el cariño, el deseo del encuentro definitivo con Dios. Agradecemos juntos el don de la vida, descubrimos que esa vida sólo descansará cuando vuelva a Dios.

La Misa ha terminado, y quieren prolongar la Eucaristía con un desayunito que es comida que “recrea y enamora”. Pasamos por la casa para cumplir, ellos nos esperan... con sus trajes negros y sus rostros adustos. Están agradecidos por el detalle. Compartimos su invitación. Hemos dejado esta vez de lado la obligación. Resuena en mi interior el texto de Isaías:

El Señor de los ejércitos prepara para todos los pueblos en este monte un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos.

Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones.

Aniquilará la muerte para siempre.

El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país – lo ha dicho el Señor – Is. 25, 6-8

 

P. Javier Nugent.,SM

 

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